Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote. Arzobispado de Oviedo.

el

33599688_2053297984697784_4386978281597960192_n.jpg

Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote.

 

Escribe José Antonio González Montoto, Delegado episcopal del Clero

Celebramos este jueves, 24 de mayo, la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. La archidiócesis festeja hoy a los sacerdotes que celebran sus Bodas de Oro y Plata, agradeciendo al Señor la fidelidad de sus curas en la misión recibida el día de su ordenación. Elegidos, consagrados y enviados para hacer las veces del Buen Pastor, Cristo, en medio de su pueblo.

La primera generación cristiana no sabía cómo descubrir la dimensión sacerdotal del profeta nazareno. No era de la tribu de Leví, sino de la de Judá, no ejercía el culto en el templo, ni en su apariencia externa aparecía como un sacerdote.

¿Cómo descubren que Jesús es sacerdote, más aún, el único y definitivo Sacerdote? Es cierto que en los evangelios aparecen algunos momentos en que Jesús es reconocido como sacerdote. En el evangelio de Lucas se nos dice: “Alzando sus manos los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc24, 50-51). La acción de bendecir solo la realiza el sumo sacerdote al terminar un sacrificio (cf Lev 9,22 y Eclo 50,20). Como si Lucas presentase a Jesús, al terminar su evangelio, con una dimensión sacerdotal.

Montoto-copia-359x380

Será el autor de la Carta a los Hebreos quien realiza la descripción de Jesús como sacerdote: “Así pues, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe” (Hb 4,14). La novedad del sacerdocio de Cristo es ésta: “Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17). Ya no se trata de separarse del pueblo y, por unos ritos de consagración, ser revestido de autoridad para ejercer el culto. Ahora hay que asimilarse en todo a los hermanos, menos en el pecado. Ese “en todo” hace mención a los sufrimientos y a la muerte. Es así cómo nos salva Jesús, con su amor crucificado: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aún siendo hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec” (Hb 5, 7-10).

La novedad del sacerdocio de Cristo es ésta. Toda su existencia es sacerdotal y se realiza en la obediencia al Padre, en la entrega a una muerte de cruz, para liberarnos del pecado y de la muerte. Algunos llaman a este sacerdocio: “existencial”, porque se identifica con la oblación de toda su vida para cumplir la voluntad del Padre.

Se podría decir entonces que todos los bautizados participan de este sacerdocio de Cristo. Desde el día en que hemos sido bautizados hemos sido ungidos con el santo Crisma para ser reyes, profetas y sacerdotes. ¿En qué consiste el sacerdocio bautismal? En entregar la propia vida al Padre en la obediencia de la fe y en el ejercicio de la caridad construyendo el Reino de Dios. Al servicio del sacerdocio real o bautismal el Señor Jesús ha entregado a su Iglesia santa el sacerdocio ministerial. Ha elegido a hombres que hagan sus veces como sacramento de su mediación salvadora: visibilizar a Cristo Cabeza, esposo, pastor y siervo de la comunidad eclesial. Solo hay un sacerdocio, el de Cristo, pero cada uno de nosotros participa de él según su puesto y servicio dentro de la Iglesia.